Tejer es un ejercicio espiritual:
Seguir una trama, una secuencia y la concentración que implica, nos va llevando a un estado especial en el cual la repetición de las puntadas y las vueltas de la naveta del telar se transforman en “mantras manuales”… una y otra vez el peine sube y baja, la aguja va y viene enlazando un punto tras otro, tras otro, tras otro; mientras la mente se libera…

Visto de otro modo, tejer también tiene algo de adictivo (y las que son tejedoras nos van a entender) cuando decimos: esta es la última vuelta… y seguimos… un estado de placer intrínseco en el movimiento, en ver que la trama avanza como un camino que quien sabe a dónde nos llevará... y como nos intriga queremos seguir y seguir…

Quien usa una prenda tejida a mano valora ese proceso medita-creativo, detrás del cuál alguien -como nosotras- dedicó su tiempo para tejer sus pensamientos y emociones con lanas e hilos.